Compra con antelación tu forfait de temporada
Artículo por Agustín Martínez

'La Alhambra resiste'

Ciudadanía - Agustín Martínez - Jueves, 20 de Agosto de 2026
Agustín Martínez nos ofrece una extraordinaria reflexión que habla de autoestima y resistencia.
Espectacular imagen de la Alhambra.
M.C./Archivo
Espectacular imagen de la Alhambra.
En el enésimo acontecimiento histórico que nos ha tocado vivir cada quince días y tras el eclipse total de sol que hacía más de un siglo que no se producía, a los granadinos nos han tocado ahora los terremotos.

Que el suelo que pisamos cada mañana se convierta por unos segundos en algo extraño, imprevisible, casi hostil, nos deja inermes. Granada lleva una semana sufriendo esa terrorífica lección de la naturaleza. Desde el pasado sábado, la tierra no ha dejado de recordarnos que bajo de nuestros pies hay un mundo que se mueve, aunque nuestra soberbia cotidiana nos haga olvidarlo.

Lo más inquietante de un terremoto quizás no sea solamente que tiemble la casa. Es que durante unos segundos tiembla también nuestra sensación de control

Lo más inquietante de un terremoto quizás no sea solamente que tiemble la casa. Es que durante unos segundos tiembla también nuestra sensación de control. No podemos negociar con una falla, no podemos convencer a la tierra de que espere a que terminemos el café, ni podemos llamar a nadie para preguntarle a qué hora dejará de moverse. Frente a un terremoto somos, sencillamente, seres humanos.

Vulnerables. Pequeños. Impotentes.

Y entonces nos acordamos de la Alhambra. 

Resulta casi inevitable mirar hacia la colina roja y preguntarse cómo es posible que el edificio más antiguo de Granada, construido con materiales enormemente frágiles y sin normativa antisísmica que valga, se mantenga estos días con una serenidad reconfortante, mientras que muchos de nuestros edificios mucho más jóvenes no han resistido. No deja de ser una simbólica paradoja.

Mientras construcciones levantadas hace apenas veinte años presentan grietas, desprendimientos o daños que obligan a desalojar y demoler viviendas, ese símbolo que nació hace ocho siglos, que ha soportado guerras, asedios, abandonos, más terremotos, lluvias, cambios de régimen y todo tipo de visicitudes, permanece orgullosamente en pie

Mientras construcciones levantadas hace apenas veinte años presentan grietas, desprendimientos o daños que obligan a desalojar y demoler viviendas, ese símbolo que nació hace ocho siglos, que ha soportado guerras, asedios, abandonos, más terremotos, lluvias, cambios de régimen y todo tipo de visicitudes, permanece orgullosamente en pie. No porque sea inmune a la naturaleza, sino porque la historia de la Alhambra es, precisamente, la de una extraordinaria capacidad para resistir.

No pretendo convertir esta comparación en una sentencia simplista contra la arquitectura contemporánea. La ciencia, la ingeniería y las normativas actuales han avanzado enormemente y cada edificio debe ser analizado individualmente.

Pero la imagen tiene una fuerza simbólica imposible de ignorar. La Alhambra nos recuerda que resistir no significa no sufrir. Resistir significa saber absorber el golpe, adaptarse, reparar las heridas y continuar. Y quizá eso sea exactamente lo que Granada necesita ahora.

Porque estos días hay muchos granadinos que han descubierto una vulnerabilidad que no conocían, o habían olvidado. Personas que han dormido vestidas, que han bajado a la calle con lo puesto, que han mirado una y otra vez las paredes de sus casas buscando una grieta nueva. Familias que han abandonado temporalmente sus viviendas. Vecinos que, al escuchar un ruido, ya no saben si es un camión, una puerta o la tierra anunciando otro movimiento.

Podemos explicar que Granada vive sobre una zona sísmicamente activa. hablar de fallas, de magnitudes, de profundidades, de réplicas y de placas tectónicas; recordar que los expertos no pueden predecir cuándo se producirá el próximo temblor. Todo eso es necesario. Pero hay una parte de esta experiencia que pertenece al terreno de las emociones. Al miedo que se instala en el cuerpo. A esa sensación de indefensión que aparece cuando la tierra decide recordarnos que no somos sus dueños.

Y, sin embargo, Granada tiene una imagen a la que agarrarse.

La Alhambra no es solamente un monumento. Para quienes vivimos aquí forma parte de nuestra identidad, de nuestra memoria y de nuestra manera de mirar el mundo. Quizá por eso estos días pueda convertirse, más que nunca, en un símbolo de autoestima colectiva

La Alhambra no es solamente un monumento. Para quienes vivimos aquí forma parte de nuestra identidad, de nuestra memoria y de nuestra manera de mirar el mundo. Está ahí arriba desde hace siglos, vigilando la ciudad con una mezcla de belleza y fortaleza. Ha visto pasar civilizaciones, ejércitos, reyes, turistas, generaciones enteras de granadinos. Y ha permanecido.

Quizá por eso estos días pueda convertirse, más que nunca, en un símbolo de autoestima colectiva.

No de una autoestima arrogante, de esa que presume de no tener miedo, sino de la que nace precisamente de reconocerlo. Granada puede temblar. Nosotros podemos temblar. Nuestras casas pueden tener que ser revisadas y algunas necesitarán reparaciones. Habrá que aprender de lo ocurrido, revisar edificios, reforzar aquello que deba reforzarse y exigir que las administraciones actúen con rapidez, rigor y transparencia. No hay lugar para el alarmismo, pero tampoco para la despreocupación. 

La naturaleza no admite soberbia, pero tampoco debemos permitir que nos robe la confianza.

Quizá esa sea la lección más hermosa que nos está ofreciendo estos días la Alhambra: que la resistencia no consiste en permanecer intactos, sino en seguir siendo nosotros mismos después de haber recibido el golpe

Quizá esa sea la lección más hermosa que nos está ofreciendo estos días la Alhambra: que la resistencia no consiste en permanecer intactos, sino en seguir siendo nosotros mismos después de haber recibido el golpe.

Granada ha temblado. Y seguirá temblando mientras la tierra decida hacerlo. Pero también ha demostrado algo que conviene recordar cuando el miedo se apodera de nosotros: que una ciudad no es solamente sus edificios. Es su gente. Son sus vecinos ayudándose, los bomberos revisando viviendas, los técnicos examinando estructuras, quienes abren sus puertas a quienes necesitan refugio, quienes llaman a un familiar para saber si está bien. Es esa solidaridad silenciosa que aparece cuando desaparecen las certezas. 

Y allí arriba, sobre la ciudad, la Alhambra sigue estando. Con sus heridas, pequeñas y reparables. Con sus siglos encima. Con su extraordinaria capacidad para haber sobrevivido a todo lo que el tiempo le ha puesto delante. Como Granada. Como nosotros.

Tal vez estos días no necesitemos que alguien nos prometa que la tierra no volverá a moverse. Nadie puede hacerlo. Necesitamos algo más humilde y más verdadero: recordar que, cuando vuelva a temblar, sabremos qué hacer. Y que después del temblor, como tantas veces ha ocurrido en nuestra historia, levantaremos la cabeza, miraremos hacia la colina y allí seguirá la Alhambra.

Recordándonos que hasta lo más sólido puede temblar.

Pero que temblar no significa caer.