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Federico y Juan Ramón, dos poetas, dos ciudades

Blog - Óptica trapezoidal - Esther Ontiveros - Jueves, 7 de Septiembre de 2017
Placa a las puertas de la casa de Juan Ramón, en Moguer.
Esther Ontiveros @estherontivelp
Placa a las puertas de la casa de Juan Ramón, en Moguer.

¡Que encanto siempre, Platero, en mi niñez, el de la casa de enfrente a la mía! Primero, en la calle de la Ribera, la casilla de Arreburra, el aguador, con su corral al Sur, dorado siempre de sol, desde donde yo miraba a Huelva, encaramándome en la tapia. 

Juan Ramón Jiménez, ‘La casa de enfrente’. Platero y yo

Las vacaciones deberían ser obligatorias y subvencionadas. Curan enfermedades del cuerpo y del alma y, si se emplean en viajar, vacunan contra la intransigencia y displicencia propias de quien poco sale de su casa, un mal que aqueja a muchos. Aquellos que se complacen en la singularidad de su tierra y sentencian que su belleza es incomparable sin molestarse en conocer lo que se les ofrece extramuros...

De vuelta a Granada me pregunto en qué hemos fallado a nuestro poeta. Por qué no honramos los rincones donde habita su memoria con la sencillez con la que los moguereños adornan con placas sus calles y con esculturas sus plazas

Mi último tratamiento lo recibí este verano en Huelva. Les cuento. Entre la compilación de obras de arte que mi hijo pequeño me trajo en junio figuraba el dibujo de un burrito relleno de algodón. Aprovechando nuestra cercanía a Moguer le sugerimos visitar el pueblo donde vivió aquel burrito y su amigo Juan Ramón, el autor de aquellos versos que mi chico recitó con tal gracia que nos dio razones suficientes para alejarnos de la brisa de la línea de costa por un día.

Tras descubrir América sin salir de Palos de la Frontera a bordo de las réplicas de las carabelas de Colón, llegamos a Moguer, un pueblo que destila amor hacia el poeta que acunó. Cada callejuela, cada blanquísima casa, cada rincón rememora una vivencia del Nobel en su pueblo natal.

 

Casa de Juan Ramón, en Moguer. @estherontivelp

Diera la sensación de que todo Moguer es la casa museo de Juan Ramón Jiménez de no ser porque ésta es una auténtica joya en la calle Ribera que cobija los miles de fondos literarios y pertenencias que Zenobia y su marido abandonaron en su piso de Madrid tras salir hacia el exilio. Un edificio conservado de forma exquisita cuyo patrimonio es preciosamente interpretado por personas como Pepi, nacidas para contagiar el entusiasmo por el singular matrimonio y su obra.

De vuelta a Granada me pregunto en qué hemos fallado a nuestro poeta. Por qué no honramos los rincones donde habita su memoria con la sencillez con la que los moguereños adornan con placas sus calles y con esculturas sus plazas. Por qué no dispensamos el mismo trato amoroso a cada loseta que pisaron las suelas de Juan Ramón. Por qué maltratamos los lugares que inspiraron sus versos, que alimentaron el imaginario con el que construyó su producción literaria. Por qué no hay más Pepis hablando con lágrimas en los ojos de quién fue Federico.

Soy periodista, mamá, runner, flexitariana y... obstinadamente reflexiva. Me dedico a la comunicación corporativa y escribo un blog sobre vida sana. Si me dejas... te engancho a todo. Sígueme.

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