'Aldous Harding se esconde a plena vista'

De vez en cuando un grupo o artista con una trayectoria dilatada consigue de pronto un grado mucho mayor de reconocimiento. Durante este mes de mayo que recién acaba parece haberles pasado a dos artistas: el estadounidense Kevin Morby ha lanzado su octavo álbum de estudio, Little Wide Open, y su agradable y melancólico country-folk-rock ha recibido el aplauso crítico más entusiasta y amplio de su carrera (o, al menos, de la última década); la neozelandesa Aldous Harding, por su parte, ha cosechado un nivel de atención inédito con su quinto LP. A esta última la he seguido de lejos desde que lanzase el intrigante Party, allá por 2017, pero ha sido con este Train on the Island cuando realmente ha conseguido captar mi atención. Y no será porque el disco sea espectacular o efectista: se trata en realidad de un trabajo sorprendentemente contenido, cuya fortaleza está precisamente en lo discreto de su presentación.
Las guitarras acústicas y ocasionalmente eléctricas, los pianos, órganos y sintetizadores, los bajos y las baterías que pueblan el disco, con su estilo folk-pop de resonancias jazzy a lo Joni Mitchell, son, por lo general, económicos y precisos, grabados y presentados de forma extremadamente clara y definida
Los arreglos de casi todas sus canciones son de lo más minimalistas. Las guitarras acústicas y ocasionalmente eléctricas, los pianos, órganos y sintetizadores, los bajos y las baterías que pueblan el disco, con su estilo folk-pop de resonancias jazzy a lo Joni Mitchell, son, por lo general, económicos y precisos, grabados y presentados de forma extremadamente clara y definida. Sin embargo, hay algo extraño, borroso, en el álbum en su conjunto: da la sensación de que lo tienes delante y se esfuma, de que se te escapa entre los dedos sin que te des cuenta. A ello sin duda contribuye el estilo vocal y lírico de Harding. Sus letras son evocadoras y fascinantes, pero desconcertantes: la mitad de las veces no sabes muy bien de qué está hablando, pero te deja una huella emocional tan profunda como confusa. Su frecuente uso de palabras homófonas ayuda a generar ese aire juguetón, pero a la vez siniestro, que recuerda a ratos a los elegantes e inquietantes trabajos de Scott Walker de finales de los 60.
Para muestra, un botón (o cuatro): “Mommy said my inception was like eating a pearl”, canta con tono lacónico en la canción titular; “I'm saving myself by eating rocks and plants/I pray for the incel”, murmura con voz engolada en “Worms”; “And it's no accident/It's too late for the girl inside”, susurra en falsete en “Riding that Symbol”; “What am I gonna do if I can't break out of it?”, se pregunta con vértigo en la voz en “What Am I Gonna Do?”. Hay algo desolador en todo esto, pero es difícil acertar a señalar en qué consiste exactamente; entre otras cosas por lo camaleónico de su voz, que añade otra capa de extrañeza más al efecto de conjunto. Desde luego, parece haber cierta fijación con los traumas de infancia: “I Ate the Most” abre el disco con un instrumental especialmente sencillo y una letra centrada en las ambivalencias con sus figuras de apego. El juego que hace entre “you’re through with me on your shoulders” (“ya no quieres llevarme a hombros”) y “I can’t move with you on my shoulders” (“no puedo moverme con tu peso sobre mis hombros”) es paradigmático de las fortalezas de Harding como letrista.
La progresión de la canción tiene así un punto onírico; más aún cuando esa parte final se repite más adelante al final de “San Francisco”, creando una sensación de 'déjà vu'
No obstante, el resto de las canciones que hay aquí no presentan una historia tan coherente o completa. “One Stop”, de hecho, juega al despiste: su bucle de acordes de piano a lo Fiona Apple es la base sobre la cual Harding empieza hablando de su regreso a su pueblo de origen (“I've been away too long/There's the tree that I used to climb”), para a continuación contar una anécdota random (“I met the real John Cale/He had no words, but I don't mind/I packed the stage while he ate rice”) y después evocar a Jennifer Lopez en el estribillo (“imagining from the block” suena exactamente igual que “am I Jenny from the Block?”). Más adelante, la canción se abre de par en par al entrar una luminosa guitarra acústica, un bajo firme y una batería ligera y constante. La progresión de la canción tiene así un punto onírico; más aún cuando esa parte final se repite más adelante al final de “San Francisco”, creando una sensación de déjà vu.
Los momentos en los que algo se eleva por encima del resto de la mezcla y ancla la música a tierra son los que más me enganchan
Y me gusta mucho, pero al mismo tiempo esa cualidad gaseosa hace que me sea difícil entusiasmarme por completo. Lo discreto de los arreglos, en combinación con lo etéreo de las historias, por momentos hace que el disco se vuelva algo monótono. Los momentos en los que algo se eleva por encima del resto de la mezcla y ancla la música a tierra son los que más me enganchan. Ahí está el alucinante bajo de “Train on the Island”, tan resonante, o el vigoroso estribillo y el fantástico órgano de “If Lady Does It” (que además cuenta con versos tan afilados como “If I am a gun, then I'm loaded”). “What Am I Gonna Do?” destaca muchísimo en este sentido: el agresivo bajo cargado de reverb, el ritmo más alegre y sincopado, los pasajes de piano que irrumpen de pronto, el solo de arpa del final… sin sacrificar la elegancia y sencillez que caracteriza al álbum, este corte se atreve a introducir mucho más dinamismo instrumental, y funciona mucho mejor gracias a ello.
Después llega “Coats”, la canción más rockera del tracklist. Su tensa guitarra eléctrica y su enérgica batería les insuflan vida a los últimos compases del álbum, en los que Harding se hace unas graciosas armonías vocales a sí misma y canta con su inescrutable ironía
En cambio, el siguiente tema, “Riding that Symbol”, es especialmente simplón, apenas una guitarra y un sinte mínimo de fondo, en un formato cuasi confesional que no le pega nada al misterioso estilo de la neozelandesa. Por fortuna, después llega “Coats”, la canción más rockera del tracklist. Su tensa guitarra eléctrica y su enérgica batería les insuflan vida a los últimos compases del álbum, en los que Harding se hace unas graciosas armonías vocales a sí misma y canta con su inescrutable ironía: “big thick coats on the dogs of people just trying to help” (algo así como “la gente que le pone gruesos abrigos a sus perros solo intentan ayudarlos”), casi recordando a la frescura de una Stella Donnelly. En fin, no sé si es que no es para mí o que genuinamente no es un disco redondo, pero claramente hay una barrera que me impide disfrutar plenamente de Train on the Island; pese a lo cual hay algo hipnótico en él que hace que merezca la pena. Me alegro del reconocimiento que está obteniendo: es interesante que algo tan opaco tenga éxito en nuestros días.
-
Puntuación: 7.2/10
-
Pincha aquí para escuchar el disco


















































